En un estupendo libro de Rhina Roux, “El príncipe mexicano. Subalteridad, historia y estado” se afirma: “La relación entre gobernantes y gobernados es de naturaleza distinta a la que vincula a dominadores y oprimidos. Si la dominación se funda y se reproduce desde la necesidad: esa coerción que obliga al subordinado a sacrificar su autonomía en aras de la conservación de su vida, la relación de mando político se funda en cambio en la libertad, en la obediencia voluntaria”.

En otras palabras: la dominación se funda en la imposición, el gobierno democrático en el convencimiento.

Si esto es así, y en lo personal lo creo, entonces debemos pensar en un problema estructural que tiene nuestro país: la pobreza y la precariedad. En una nación de ciento veinte millones de personas, menos de treinta no están ni en pobreza ni en situación de precariedad social o económica, si nos atenemos a las cifras oficiales.

Esto es grave para la democracia porque la necesidad de subsistir permite que surja una relación de dominación que se use para fines políticos.  Desde luego decir esto no es afirmar algo nuevo, pero sí es una realidad que no debemos olvidar.

[Te puede interesar: “Crisis de la democracia” de Adam Przeworski]

Mientras existan índices altos de pobreza la democracia estará en riesgo porque habrá espacio para la compra y la coacción del voto. Que conste que no estoy introduciendo otros factores como el clima de inseguridad en varias partes del país, lo que desde luego amplía ese espacio.

Es posible vivir en democracia en una nación con desigualdad, pero a costa de una actitud vigilante, de asumir que quien compra el voto lo hace de formas muy diversas y creativas; y que quien por coerción o necesidad acepta, carga con la culpa del acto y el temor de ser descubierto.

Vale la pena pensar en nuestro diseño institucional. Tenemos un trípode electoral (autoridades que organizan elecciones, otras que las califican y unas más que persiguen delitos comiciales) que debe tener una actitud proactiva para impedir la compra y coacción del voto, contando con una estrategia nacional que atienda a las realidades de cada región, pues por ejemplo la compra no es igual en Chiapas que en un área altamente urbanizada; pero también con una visión que incorpore los distintos grupos en riesgo, como las personas mayores, las mujeres, los grupos indígenas, las y los jóvenes, etc.

Desde luego esta compra y coacción puede venir de cualquier ámbito de gobierno. Pero también puede provenir del crimen organizado y de los grupos reales del poder. De todos hay que cuidarse.

No es una labor fácil. Hacer elecciones no es tarea sencilla, y menos en un país tan desigual como el nuestro; pero el esfuerzo debe hacerse, si queremos realmente ser una democracia, y no un país donde sea el miedo y el dinero quienes decidan nuestro gobierno.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *